POMPEYA: Ars amatoria al pie del Vesubio

Como destino turístico, Pompeya -al igual que su vecina Herculano- despiertan un interés único y magnífico para un viajero curioso: una ciudad romana del S. I d.C. sepultada por la lava, y oculta e ignorada durante casi dos mil años antes de ser descubierta… ¡Por Júpiter, eso despierta la curiosidad del más flemático de los mortales! Ante la frustración de no poder admirar in situ los restos arqueológicos, habrá que evocarlos con la ayuda de recursos on-line,  textos literarios o alguna película peplum (lo que viene a ser…“una de romanos”) que versan sobre la cultura clásica, para acercarnos a la que fue una plácida villa de descanso de la bahía de Nápoles en el verano de 79 a.C.: Pompeya. Quienes se dejaron hechizar por esos vestigios de la Antigüedad quisieron de algún modo recrear lo que había quedado paralizado ad aeternum -si es que el presupuesto destinado a su preservación le otorga esa inmortal condición-: los momentos previos a la fatídica instantánea que vivieron sus desesperados protagonistas. Y como yo también me he dejado seducir por su historia, emulando a la pensativa pompeyana descubierta en un fresco de la ciudad, me dispongo a hacer mi análisis personal, no ya con un calamus o pluma romana, sino a golpe de tecla.

Como argumento dramático y artístico es irrefutable: un volcán furioso expulsando lava, cenizas y gases durante tres días no es asunto baladí. Es por ello que muchos artistas y escritores le dedicaron páginas, fotogramas y lienzos (verbi gratia, Ed.G. BULWER-LYTTON, 1834, “Los últimos días de Pompeya” con sus correspondientes adaptaciones cinematográficas o el pintor ruso K.Brjullov, 1833, respectivamente).  Aquellos incautos pompeyanos desconocían el poder devastador de aquella montaña enfurecida; de hecho, ignoraban incluso que se tratara de un volcán -de ahí que no exista tal término en latín-, y quizá por ello subestimaron su alcance; pensarían más bien que un encolerizado Vulcanus, dios del fuego, les estaba enviando con ese desastre un castigo acorde a su insolencia . Ciertamente, los augurios -descifrados a partir de los vuelos de pájaros o de la lectura de algún higadillo animal- en esta ocasión no debieron ser correctamente interpretados por el profesional encargado de tal menester: el augur. Fuera por su despiste o por una interpretación incorrecta de la víscera, el resultado no pudo ser más trágico, al margen de suponer, hoy por hoy, un innegable valor testimonial, un incalculable regalo arqueológico.

  

En mi empeño por recrear la aciaga villa, creo oportuno recordar la magnifica exposición  que viajó de Nápoles hasta Madrid hace ya unos añitos ofrecida por el Centro de Exposiciones Arte Canal, -aunque con un título mucho menos festivo que el nuestro-: Catástrofe bajo el Vesubio”, o cómo se desarrollaba la vida cotidiana momentos antes del desastre. La muestra pudo servirnos como inmejorable excusa para acercarnos a los que in illo tempore han determinado mayormente las bases de nuestra cultura:  “aquellos locos romanos” (Asterix dixit), para concluir que, grosso modo, las conductas y actitudes –las loables y las menos loables- de los protagonista de la historia están condenados a repetirse in saecula saeculorum. Indagaremos eso sí, fieles al espíritu del que se nutre esta sección, en su aspecto más erótico, jaranero, licencioso y festivo. Apetecible, ¿no?

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Como, tras la visita, mi curiosidad quedara insatisfecha -no así mi entusiasmo- , quise indagar un poco más, para lo cual me trasladé a un templo del saber: la bibliotheca, donde un bibliothecae praefectus (suena bastante más lapidario en latín, pero se trata de un bibliotecario de toda la vida) me descubrió una joya: Eros en Pompeya(M. Grant, fot.A. Mulas, DAIMON, 1976), un acertado título para un texto que nos acerca al Gabinetto Segreto (lo secreto siempre interesa) o Gabinete pornográfico (eso también interesa) ubicado dentro del Museo de Nápoles, inaugurado en 1821 y víctima -cómo no- de la censura en múltiples ocasiones. En dicho Gabinete se reúnen cotidianos y provocadores objetos eróticos, así como lascivos y aleccionadores frescos, que descubrieron por doquier los arqueólogos y que, por esa misma condición, fueron visibles en su momento sólo para algunos elegidos: “personas maduras y de buena reputación moral”, aunque desde el año 2000 ya es accesible al gran público (se agradece, aunque seguramente todos cumpliríamos sobradamente el añejo requisito).

¿Qué decir de una ciudad que se apropia a modo de emblema de un alegre y sonoro tintinnabulum o pene alado que funciona como mágica campanilla propiciatoria de abundancia y prosperidad; que adorna sus fachadas y  adoquines con enhiestos penes (¿un primer prototipo de flecha indicativa?); que decora sus paredes con frescos que representan escenas eróticas de alto voltaje? Pues que nos alegra saber que hubiera una concepción tan desinhibida y aplaudida del sexo. Algún resto parece haber quedado de esta alegre costumbre en nuestro país: en Aínsa (Huesca) es posible encontrar en las puertas… ¡pomos fálicos!, aunque ligeramente difuminados para no herir sensibilidades.

Hic habitat felicitas” reza en otro de los relieves fálicos. Algo tendría también que ver aquí la sensual Venus, divinidad protectora de la naturaleza y de la vida amorosa a la que rendían culto, así como el risueño Dionisos, dios del vino, cuyos ritos se reproducen en los muros de la Villa de los Misterios. No obstante, el consagrado falo -lejos de una lectura obscena-  servía de talismán frente al mal de ojo y demás espíritus y energías negativas, elementos que podrían dar al traste con cualquier plácida  y serena existencia.

Sobresale, además, una idea que inspira mayormente el sentir del hombre pompeyano: el goce. Edamus, bibamus, gaudeamus: post mortem nulla voluptas” (“Comamos, bebamos, gocemos: después de la muerte no hay placer alguno”) Bien sabía cómo alcanzarlo sin descuidar el espíritu exigido en todo romano de pelo en pecho: legalidad, honor y sentido práctico. Ese talante, a la vez  hedonista y pragmático,  impregna sus costumbres sociales y sexuales. Muestra de ello son los provocadores objetos expuestos en las vitrinas y paredes del sugerente Gabinete: lámparas de aceite con escenas eróticas, fuentes que aprovechan la ergonómica forma del miembro masculino para hacer de caño (¡imaginación al poder!), estatuillas de príapos, sátiros y bacantes… En la exposición del Canal disponían de una pequeña representación de todo ello, aunque por otro lado se presentaban recreaciones de calles, fachadas y habitaciones, junto a objetos más prosaicos y cotidianos, no por ello menos interesantes.

Nos encontramos, pues, con un ciudadano pompeyano de clase media que sabe  explotar además las posibilidades que le ofrecían casi… ¡200 fiestas al año! Eso sólo puede significar jolgorio y banquetes a discreción.  Existía además -no podía ser de otro modo- un lugar donde el varón romano podía solazarse de las duras obligaciones de la vida diaria y desahogar sus ímpetus: el lupanar, ¡qué lugar! En sus paredes es posible identificar variopintos graffittis: “especialidades” sexuales con sus correspondientes tarifas, así como comentarios lascivos de quienes se pasearon por allí. Un frenesí.  Está claro que “Verba volant, scripta manent” (“las palabras vuelan, lo escrito permanece”) y éste es un  ejemplo insuperable.   

Pero hay mucho más. La sexualidad en el mundo romano admite un análisis mucho más detallado, y eso pretendo hacer en mi próximo artículo, si los dioses me son propicios. Puedo adelantar que la nomenclatura que rodea todos sus comportamientos sexuales  y sus protagonistas dan fe de una riqueza lingüística sin parangón. Ahí va un ejemplo: en latín existen tres términos para la palabra beso: osculum, basium y suavem (¡¡¡!!!) Su explicación… próximamente.

   Por si se os hace larga la espera hasta el próximo artículo, os dejamos una divertida y oportuna recomendación para vuestro tiempo libre: celebrar en honor de Baco vino y viandas  en la Taberna Pompeyana de la C/ Alvarez Gato, 5, en Madrid.
(la bacanal ya es cosa vuestra)
 Entretanto, recordad: Carpe diem. Salve. 

2 comentarios en “POMPEYA: Ars amatoria al pie del Vesubio”

  1. Me ha encantado este artículo. Qué de cosas nos haces llegar que desconocemos!!! Muchas gracias!!! Yo estuve en Pompeya hace 9 años y entré en el maravilloso lupanar y aún se podían apreciar ciertos frescos y las “camas”.

    A la espera quedo del próximo artículo para seguir aprendiendo.

    • Pues hace poco estuve en Merida y eso ha merecido una excitante continuación a nuestro viaje por las artes amatorias de los romanos…

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